A los 15 años, lidiando ya con mi aburrimiento crónico, se me ocurrió empezar algo nuevo e innovador. Siguiendo los estándares impuestos por generaciones de machismo socialmente estructural, decidí que no podía ser una mujer completa si no aprendía a cocinar. Sin tener idea de que las grandes mujeres en este mundo en general no sabían ni como salar la sopa (Marylin Monroe, la Madre Teresa de Calcuta, Madonna) me convencí de que era fundamental saber hacer una buena pizza casera para poder llegar a convertirme en una mujer hecha y derecha. Así, convencí a mi mamá de que pagara la cuantiosa suma de la cuota de la escuela de cocina y empecé un curso de aficionados.
No voy a negar que lo disfruté mucho y que realmente aprendí un montón. Me enseñaron de todo, desde cómo hacer una buena salsa de tomate que no salga amarga o desabrida hasta conejo a la papillote con milhojas de papas. Descubrí que tengo cierta habilidad natural para el asunto. En general obtengo muy buenos resultados, exceptuando las veces que mi despiste innato deja algo olvidado en el horno hasta que queda negro. Tampoco puedo evitar hacer enchastre en la cocina. No solo porque soy bastante desprolija sino porque también encuentro un gusto especial en salpicar salsa con el cucharon mientras revuelvo la olla al compás de la radio o en espolvorear harina por todo el piso mientras amaso el pan. Es más divertido un poco de caos.
Sea como sea, me entusiasmé bastante con el proyecto. Incluso me armé un pequeño cuadernito con las recetas que aprendí y juro que jamás, absolutamente nunca hice ninguna de ellas en mi casa, como era de esperarse. Hasta el día de hoy me lo reprocha mi familia, y realmente no puedo explicar porqué jamás les cociné un plato gourmet. Tampoco entiendo muy bien porqué nunca preparé una cena romántica. He cocinado para mis amigos algunas cosas medianamente elaboradas pero jamás lo hice para un novio. Será que en el fondo me rebelo a ser el ama de casa perfecta.
En fin, incluí este punto en la lista, porque a pesar de ser una pavada, creo que aprendí un par de cosas de mi misma. Por un lado, sé que puedo cocinar y bastante bien. Supongo que tiene que ver con que soy buena improvisando y arreglándomelas con lo que tengo. Por otra parte, aprendí que no TENGO que cocinar para ser una mujer del siglo 21 pero que puede ser muy placentero hacerlo de vez en cuando para tus seres queridos (juro que en el futuro próximo voy a cocinar algo rico para mi familia). Lo memorable es que me divertí haciéndolo, más allá de los resultados obtenidos. Dicen que eso es lo más importante. Dicen...