Desde que cumplí 15 años que me acompleja mi edad y por sobre todo, me trauma mi cumpleaños. Dos son las razones principales:
Primero y más importante, es que siento que me queda menos tiempo por vivir. Mi cumpleaños me hace recordar que me estoy poniendo vieja. Pero no es el deterioro del cuerpo, las estrías, la celulitis, las futuras arrugas lo que me atormentan, sino el hecho de saber que estoy un poco más cerca del final. El sentimiento es muy similar al que se siente cuando se está leyendo un buen libro. No sé si alguna vez te pasó, pero muchas veces me he angustiado de saber que sólo quedan un par de capítulos para el final, y si bien me mata la intriga de saber qué es lo que va a pasar en las próximas páginas, también me entristece saber que esa historia tan apasionante y entretenida está por terminar. De la misma forma, cuando cumplo un año más me doy cuenta que, al mismo tiempo, me queda un año menos. Y este no es un pensamiento muy alentador que digamos.
La otra principal causa de mi depresión aniversaria (llamémosla así) es que siempre considero que “para esta altura ya tendría que haber logrado muchas más cosas”. A los 15 creía que ya tendría que haber tenido un novio, a los 16 que no tenía amigos suficientes (unos 40 aproximadamente se ve que no alcanzaban), a los 17 que ya tendría que haber resuelto lo que iba a estudiar, a los 18 que no estaba segura de lo que estudiaba, y así al infinitum, o no, así hasta los 24 años que tengo ahora.
En mi último cumpleaños decidí que estaba harta de mis estándares inalcanzables sacados de anda a saber qué película barata o qué ejemplo idílico de novela, y analicé mi vida con un poquito más de objetividad. Si bien no me había recibido, había roto con mi novio de toda la vida y no había encontrado un nuevo amor en un año y medio, ni estaba cerca de irme a estudiar un posgrado a Europa como tanto había soñado; descubrí que en realidad había hecho cosas bastante extraordinarias. Y sucedió de la siguiente manera: (continuará…)